ESCENAS DE LA VIDA COTIDIANA

"Las cábalas no existen"

Ocho días después de la final de la Libertadores en Lima, impresiones de aquello que pudo ser y no fue. Un relato en primera persona surgido de cábalas que, esta vez, no resultaron. Y el fútbol siempre como excusa, expresado en una devota pasión por los colores de un club que, en este caso, atraviesa por igual a un padre y su hija.

Escribe: Fabián Sotes

De la Redacción de EL TIEMPO

fsotes@diarioeltiempo.com.ar

"Las cábalas no existen".

Exactamente a las 17.57 horas del sábado 23 de noviembre pasado, en formato de WhatsApp esa afirmación se clavaba en mi celular. Provenía desde las afueras de Madrid, donde está radicado uno de mis ex compañeros de la Secundaria.

Fanático hincha de River, como yo, Germán estaba exultante. Había terminado el primer tiempo, íbamos ganando una a cero en el Monumental de Lima la final de la Libertadores y, según decía, ya había puesto el champagne en la heladera para después arrancar a festejar.

Desde España, y cuando todavía faltaba un tiempo por jugarse, se moría de ganas por mandar el "emoji" de la botellita de champagne al grupo de WhatsApp que tenemos todos los de 6to. Segunda egresados en 1989 de la gloriosa -por entonces se llamaba así- ENET Número 1 "Vicente Pereda".

"Aguantáaaaaaaa...", le respondía yo a modo de súplica por su festejo adelantado.

Mientras tanto, aún faltaba ese segundo tiempo por jugarse; yo no paraba de fumar un cigarrillo tras otro (para lo cual tenía que salir a la calle, lo que implicaba bajar del sexto piso del edificio donde estaba) y mi indignación crecía por aquella frase que me había mandado mi ex compañero de la Secundaria, la cual me hacía un ruido bastante molesto en todo mi ser.

"¿Cómo que las cábalas no existen? Este tipo está loco...", me decía para mis adentros al mismo tiempo que repasaba mi exitoso historial cabulero en cuanto a River se refiere.

Ostento todavía, orgulloso por cierto, haber mirado las dos finales anteriores del "Millonario" en la Libertadores con mi hija. Y aún recuerdo como si fuera hoy la manera en que ambos salimos a festejar esas dos conquistas, que tuvieron como epicentro de las celebraciones la Plaza San Martín. En 2015, mientras en Azul llovía a cántaros. Y el año pasado, cuando los que provocaron un chaparrón, no asociado a fenómeno climático alguno, fueron los hinchas de Boca.

"Ya te voy avisando que esta final la tenemos que volver a mirar juntos", me acuerdo que le dije a Alina después del partido del 22 de octubre último en La Bombonera.

Esa cábala la respeté a rajatablas. Y de esa manera, el pasado sábado 23 de noviembre estaba subido a un colectivo rumbo a La Plata. Mi hija me esperaba para renovar este ritual futbolero que nos identifica con los mismos colores a los dos. Otra vez, con River ahí... A nada de ganar su quinta Copa Libertadores de América.

Viajaba cargando sobre mi espalda algunos presagios que no eran favorables con relación a lo que podía suceder en Perú.

Días antes me había enterado que el Brujito Maya vaticinó que ese sábado era Flamengo el que iba a terminar festejando.

No bien lo supe le retiré todo mi apoyo, después de que me había caído bastante simpático cuando en 2018 pronosticó que esa misma copa que ahora se fue para Brasil tenía destino de vitrina en Núñez y que también la pegó en la semifinal de este año contra Boca, al afirmar que era River el que pasaba.

Pero aquel pronóstico nefasto de ese aspirante a adivino no hizo mella en mi ilusión. Sobre ese vaticinio brujeril pesaba mucho más el hecho de volver a ver la final con mi hija. La cábala que volvía a reiterarse, aunque esta vez eso implicara que cambiáramos de escenario y fuera yo el que tuviera que viajar a La Plata para mirar con ella el partido.

Fiel cabulero, también repetí otra práctica que vengo adoptando desde hace tiempo: cada vez que River juega un partido decisivo, en la previa a que ese encuentro comience le escribo a Darío -un compañero de acá del diario- para que me tire lo que yo llamo su "bendición". Y Darío, otro fana de River, estuvo una vez más ahí. "2 a 1", me escribió por WhatsApp.

Ahora que lo pienso, acertó. Aunque -claro- la cantidad de goles registrados en esta final en Perú no coincidió con el equipo que tenía que hacer los dos y aquel que sólo tenía que hacer uno.

Como para reafirmar aún más la creencia, y repitiendo otra rutina asociada a River jugando la Libertadores, tanto en esta como en las ediciones anteriores los partidos previos a la final los miré religiosamente en la casa de mi cuñado.

Obviamente, Oscar también tiene un enorme corazón blanco surcado por una banda roja (y ahora, un enorme televisor para seguir mirando a River).

El año pasado le sucedió algo increíble. Aquel 9 de diciembre inolvidable e histórico se había ido de vacaciones a Mar del Plata. Y quiso ver el partido de Madrid en el departamento que había alquilado. Pero no bien la final en el Bernabéu arrancó, descubrió que no tenía cable, por lo que, desesperado, salió de regreso para Azul.

Mi hermana todavía se acuerda hoy y lamenta no haber filmado a su marido, cuando se detuvo en medio de la ruta y, con el resultado ya plasmado del 3 a 1 a favor del CARP (que no nombre siempre al rival eso no quiere decir que lo esté ninguneando, no sean mal pensados...), se bajó del auto con una bandera blanca y roja que empezó a flamear en la banquina de la ruta.

Esa escena transcurría mientras, desde otros vehículos que circulaban por la Ruta 226, un sinfín de hinchas de River lo saludaban tocando bocina. Felices y campeones, una vez más, de América.

Volviendo a lo del sábado 23 de noviembre que pasó, cuando llegué a La Plata, para matar mi ansiedad caminé desde la terminal de micros esas más de quince cuadras que la separan del departamento donde vive mi hija.

Mientras tanto, le informé que me esperara con el mate listo -es, por lejos, la que mejor los prepara- y que yo llevaba las facturas.

Más o menos una hora antes a que el partido empezara, ya estábamos los dos juntos.

Alina me esperó con la camiseta de River puesta. Yo llevé una chomba del club de mis amores. Y la desplegué, cual si fuera una bandera, sobre un futón que ella tiene en el living.

La cuenta regresiva para que comenzara la final se hacía interminable. De los nervios, me comí casi la docena de facturas que había llevado. Y las chipá también, ante la atónita mirada mi hija.

El primer tiempo se pasó para nosotros con la locura propia de dos fanáticos que le hablan a un televisor como si alguien los pudiera escuchar ahí donde la escena transcurre.

Grité el gol de Borré. Lo grité con toda mi alma. Fue como una especie de alarido visceral que todavía hoy le sigue pasando factura a mis cuerdas vocales. Y me abracé con mi hija. Fuimos felices en ese momento, no tengo dudas de ello.

Encima otro amigo, Guillermo, estaba en Río de Janeiro. Y desde la capital de Brasil me mandaba en ese entonces fotos de los bares por donde andaba. En esas imágenes aparecían todos los cariocas vestidos de Flamengo, invadidos por una tristeza que, en ese entonces, parecía no tener fin.

Lo que vino después, en el complemento del partido, ya es historia conocida. No tiene sentido ponerme reiterativo al respecto.

Sólo puedo decir que con esos dos mazazos de Gabigol Alina y yo nos quedamos mudos y desconsolados.

Como padre, la tristeza fue más grande al sentir la de mi hija. Intenté calmarla con las frases de siempre: que la final más importante la jugamos en Madrid, que la de este año la jugamos por haber dejado otra vez eliminado al eterno rival y cosas así...

Pero esas palabras parecían estériles.

Encima Guillermo, otra vez desde Río, me mandaba nuevas fotos del milagro del Fla. "Esto es más impresionante que si fuera un carnaval", me decía.

Yo, mientras tanto, sólo quería mandarlo a mierda. Pero bueno, es un amigo (hincha de San Lorenzo) y le pedí que se apiadara de mí, lo cual creo que entendió porque dejó de mensajearme.

A las 19.05 de aquel sábado, ya con el resultado puesto, Germán -nuevamente desde Madrid- me había enviado otro WhatsApp.

"Increíble" decía solamente el mensaje. Yo, simplemente, le clavé el visto; aunque me hubiera gustado decirle en qué lugar podía meterse su botella de champagne que tenía preparada a modo de festejo adelantado.

No bien el partido terminó, un sinfín de mensajes puso en rojo mi teléfono. Jamás en mi vida había imaginado que tenía tantos amigos hinchas de Flamengo. Y menos, que hablaran tan bien el idioma español.

"Tiren nomás, que acá vengo a ponerle el pecho a las balas...", alcancé a responder entre cataratas de memes que no paraban de atiborrar mi móvil.

Y tiraron de lo lindo, lo puedo asegurar...

Nobleza obliga, tengo que reconocer que yo también lo hago cuando me toca estar del lado ganador. Y había que aguantar las piedras en ese momento. No quedaba otra.

Cuando pudimos volver a hablarnos, Alina y yo decidimos que -ante el festejo, frustrado sobre la hora, que nos colocaba imaginariamente a los dos celebrando en 7 y 50- no quedaba otra que salir un rato.

A modo de primera escala de aquella salida de sábado por la noche elegimos el teatro. Ahí, cerca del Polideportivo de Gimnasia, en la Calle 4, se presentaba Gabriel Rolón.

No bien la obra finalizó, ambos concluimos que la propuesta teatral del psicoanalista, escritor y ahora actor no era un buen medio para exorcizar la derrota futbolera, que estaba todavía caliente y nos quemaba a ambos.

Personalmente hablando, en vez de ver a Rolón y a los demás actores en la boca del escenario, mi mente no paraba de evocarlo a Pratto rifando esa pelota increíble. O a Pinola, que en el mejor partido de su vida en River terminó mandándose aquel tremendo cagadón.

Una birrería de Diagonal 74 fue la segunda escala de aquella salida. Ella se tomó una con miel, yo una rubia y hubo una pizza para acompañar las cervezas artesanales. Y la noche terminó con un helado, mientras volvíamos caminando sin entender cómo esta vez nuestra cábala había fallado.

El lunes, después del mediodía, ya estaba de nuevo en Azul.

Es bravo volver después de una derrota. Pero siempre hay que volver. Y en situaciones así hay que regresar más estoico que nunca. Nada de frente marchita o cosas tangueras melancólicas por el estilo. Todo lo contrario. Y menos en el fútbol, que siempre da revancha y yo ya la estoy esperando.

Me queda, además, algo que rescaté de "El lado B del amor", la propuesta teatral de Rolón.

En algún momento él afirmó que valoraba muchísimo ese tiempo que nosotros como público le estábamos dando al ir a ver su obra. Eran alrededor de dos horas de nuestras vidas que le entregábamos -decía-, las cuales no iban a volver nunca más.

En ese instante entendí que, más allá de si existen o no las cábalas, lo que hice, nuevamente, fue compartir tiempo con mi hija, atravesados ambos en este caso por esa pasión llamada River Plate. Una llama que nunca se extinguirá y que, orgullosos, nos sigue identificando a los dos. Como esa misma sangre que llevamos. 

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