¿SABÍAS QUE...?

El domador de overol y antiparras en Azul

Vértigo y pasión: crónica para entender una gran aventura de un piloto de Turismo Carretera que comenzó a escribir su historia en la década del 40'.

Por Mario Vitale

A no dudar que las competencias automovilísticas de la categoría Turismo Carretera, "la más popular por excelencia" en sus comienzos en la década del `30, fueron un verdadero enlace entre nuestro sector rural y el mundo de los "fierros". De los hombres de campo surgió una verdadera devoción por esas clásicas "cupecitas" que se utilizaban por esos años y que se constituyeron en el símbolo mismo del progreso. Eran tiempos en que ya se iniciaba el duelo de "los fores y los chivos" verdadero clásico tuerca que fue cobrando vigencia con el correr de los años y que aún perdura en muchos sectores, siendo "el Aguilucho" Oscar Gálvez líder de los primeros y el "Chueco" Juan Manuel Fangio de los Chevrolet.

Esas máquinas, surgidas de cada pueblo, de cada ciudad con el sustento de las llamadas "peñas" fueron las que abrieron caminos, consolidaron huellas que luego recibieron la bendición del pavimento y se constituyeron en una verdadera atracción para el hombre de campo que, apoyado en los alambrados o sentado en las tranqueras, quienes vieron pasar raudamente las máquinas veloces y rugientes por los caminos polvorientos, dejando junto a la emoción, una pasión que creció año tras año. Y ni que decir cuando un coche se detenía para reabastecerse o por desperfectos mecánicos ya que en pocos minutos se veía rodeados de lugareños que en la mayoría de los casos ofrecían sus servicios o le alcanzaban vituallas y bebidas, e incluso los invitaban a participar del "churrasco".

Y dentro del inmenso bagaje de anécdotas y recuerdos que ha engendrado esta conjunción, de los cuales se ha escrito mucho y bien, rescatamos un hecho que se ha ido pregonando de ‘boca en boca' allá por fines de la década del "40 y comienzo de la del 50", años que fueron los de mayor suceso ya que los azuleños tomaban como una verdadera fiesta el hecho de que los bólidos atravesaran la ciudad o pasaran velozmente por las rutas cercanas. En el primero de los casos mayormente se ingresaba por la ruta N° 51, luego por la Avenida Pellegrini, tomando por Guaminí hasta la Avenida 25 de Mayo, para luego girar en la entonces Avenida Humberto Primo (hoy Av. Grl. Perón), con rambla incluida, para dirigirse a la Ruta Nacional N° 3, mientras que las menos cruzaban la ruta. En el caso de esto último se repetía año tras año en oportunidad de realizarse las clásicas Mil Millas que organizaba anualmente el Avellaneda Automóvil Club con pasaje por la Ruta N° 3 en horas de la madrugada. Pese al incómodo horario era habitual ver largas filas de automóviles, también caminantes o cualquier medio de locomoción dirigiéndose al sector. Ellos, servían para acercar aficionados al deporte automotor, especialmente en la zona del Cristo Redentor, (ingreso a la ciudad por Ruta N° 3) sector donde se aglutinaba la mayor cantidad de personas.

Ver pasar, aunque sea por un instante a las máquinas (o solo las luces) piloteadas por verdaderos ídolos como lo fueron los hermanos Oscar y Juan Gálvez, Juan Manuel Fangio, Eusebio Marsilla, Jorge Rodrigo Daly, entre otros, junto a los azuleños Carlos J. Tártara y Héctor "Tito" Cachenaut, era un privilegio que ningún lugareño se podía privar. Y de todas esas pasadas quedó una anécdota que señala como protagonista a un piloto de la zona de Ayacucho de apellido Alcuaz (conocido como "Pichín"), quien según detallan las crónicas, debió abandonar en una de esas ediciones por desperfectos en su máquina, haciéndolo en las cercanías de nuestra ciudad donde luego de varias horas de trabajo lograron solucionar el inconveniente mecánico, pero ya era muy tarde para sumarse a la competencia, ya el sol estaba alto y lo más aconsejable fue poner rumbo a sus pagos. Así lo hicieron, pero hete aquí que en su tranquila marcha mañanera hacia "la ciudad de las rosas" advirtieron una concentración de gente en un establecimiento de campo conocido como "El Recreo", ubicado sobre el camino a Rauch donde comenzaba una fiesta campera, incluida la clásica doma de "reservados".

Al mirarse a los ojos con el acompañante, que según el mismo narrador era su hermano, surgió una conjunción de ideas que los llevó a dirigirse hacia el sector y asistir a la fiesta. En medio de la misma vieron como un bravo redomón se "sacaba" de encima a cuanto jinete se le animaba a sentar sus reales en el lomo del animal. Tras varios intentos fallidos, el locutor lanzó una invitación por los parlantes: ¿Quién se le anima al "Pestañas Blancas"? ¿Quién...? repetía como desafiando. Y Domingo, tal el nombre del piloto, levantó el brazo ante el asombro no solo de su acompañante, sino de la concurrencia que no entendía del todo cómo aquel "pueblero", tocado de overol y antiparras, podía animarse a tan peligroso desafío. "Yo lo monto", dijo con firmeza borrando todas las dudas y las sonrisas de aquellos que no le deban crédito al supuesto "domador". Algunos lo tomaron en forma jocosa, y hasta se escuchó una voz aflautada que le advirtió, como dando un consejo: "Mire que esto no es un auto, mi amigo". Otro más chistoso le dijo: "Cuidado que no tiene arranque eléctrico", provocando la risa de más de un asistente, pero el piloto hizo caso omiso de las chanzas, y ahí nomás se "enhorquetó" en la cruz del animal y lo sacó a rebencazo limpio para el medio de la cancha.

La cosa no fue fácil ya que ante cada lonjazo por las verijas que recibía, el animal más se arqueaba intentando "tirar" al osado jinete hasta que, pasado los minutos, cuando ya la sonrisa se había borrado de los rostros de la mayoría de los presentes, los apareadores se dignaron a acercarse al jinete por si era necesario "levantarlo", pero nada de esto ocurrió ya que el reservado volvía al trotecito nomás, mansito como para la silla, hacia el sector de los palenques montado por el tal Alcuaz, ante el asombro de todos. "Había sido buen jinete el hombre", dijo un gaucho tocado de sombrero de ala ancha, otro de gorra vasca arrancó con un tímido aplauso que luego fue más y más fuerte para contagiarlo a todos los presentes. El mismo narrador señaló que el "Pestañas Blancas" era de propiedad de un estanciero muy apreciado en los pagos de Azul, Don Evaristo Huarte, el mismo que supo de gozar los triunfos de la yegua "Martineta" en los recordados desafíos con "Traguito" de Mujica, en el Hipódromo de Azul, jornadas estas que fueron presenciadas por gran cantidad de público que se dio cita en el tradicional escenario hípico local. La "hazaña" trascendió y se hicieron eco algunos medios capitalinos y hasta se reflejó en la publicidad de una marca de cigarrillos.

Nosotros recopilamos los datos de la narración que nos hizo Jorge Roberto Huarte, "Teté" para los amigos, quien fuera piloto de Promocional 850 y también dirigente del entonces Club Independiente, en el cual se concentraba un grupo de jóvenes que impulsaban la práctica del ciclismo en ruta organizando atrayentes campeonatos compuestos de varias pruebas. Era común ver los domingos el Ford 39 que manejaba el nombrado con los "dirigentes" del club a bordo que se situaban en la largada y también en los sectores tomados como puntos de retorno en las carreras llamadas "dobles".

Roberto Huarte falleció a temprana edad el 14 de junio de 1999 dejando un recuerdo imborrable entre quienes lo trataron tanto en la faz deportiva como en su condición de agropecuario. Vale aclarar que a los hechos narrados por el nombrado nosotros los "adobamos" con la sal propia de los periodistas con frases que solo tienen la intención de hacer amena la lectura de la nota.

El dato

Domingo "Pichín" Alcuaz comenzó a correr en el TC en la década del 40', junto con su hermano, Francisco (ex Intendente de General Madariaga); ambos tíos de Francisco, más conocido como "Pancho", piloto que se destacó en tres décadas distintas: los 60', 70' y 80' en TC, Turismo Nacional y Rally.

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