La epopeya de Estudiantes

Si se diera por sabio el permeable refrán que alude a lo odioso de las comparaciones (ya sabemos que sin analogías sería imposible pensar), el Estudiantes de Osvaldo Zubeldía sería capaz de plantarse de lo más airoso en lo más alto del podio de las epopeyas del fútbol argentino en lo que a clubes se refiere, porque esa bandera supo plantar en Old Trafford el 16 de octubre de 1968.

"El Teatro de los Sueños", bautizó Sir Robert Charlton, Bobby, al colosal estadio que ostenta rango de museo en el Gran Manchester, pero su ya célebre ocurrencia data de muchos años después de la humillante derrota que los "Diablos Rojos" sufrieron a manos de un ignoto equipo de una pequeña ciudad capital de la provincia de Buenos Aires.

Han pasado 52 años y la gesta pervive en cada emocionada evocación de los protagonistas que mañana alzarán la copa: el caudillo Carlos Pachamé, la portentosa "Bruja" original, Juan Ramón Verón; el utilitario Marcos Conigliaro, el estratega Carlos Salvador Bilardo, el distinguido Raúl Horacio Madero, el revolucionario arquero Alberto José Poletti y su suplente, Gabriel "Bambi" Flores; y otro Flores, el "Bocha", cuya zurda milimétrica estuvo ausente en la gramilla.

Y a la vez, por contradictorio que parezca, reponer los sucesos de aquella noche trasciende las voces que persisten en memorar, los videos, los ríos de tintas, sin que esa insuficiencia inhiba el propósito de reconstruir un contexto que para las nuevas generaciones de futboleros argentinos, incluidos una buena parte de los hinchas de Estudiantes, supone algo remoto y abstracto.

¿Qué expresaba Manchester United hacia 1968?

La medida más alta del representativo del país que había ganado el Mundial 66 y venía de quedarse con la Copa de Campeones de Europa (hoy Champions League), invicto, tras eliminar a Real Madrid en semifinal y golear al Benfica de Eusebio con un Charlton notable, Nobby Stiles (el villano más temido de la época), Bill Foulkes (legendario defensor de la casa), el fabuloso escocés Denis Law y una calificada contribución irlandesa: Tony Dunne, Pat Crerand y George Best, cuyo nombre lleva el aeropuerto de Belfast.

Charlton, Best y Law están considerados los mejores futbolistas de la historia de sus respectivos países y sus figuras hoy se yerguen imponentes en una de las puertas del remodelado Old Trafford. "A cuerpo entero, en un pedestal, perpetuados en el bronce. Cuando varios de nosotros viajamos allá, invitados, porque se cumplían 50 años y vimos el monumento, pensamos: ‘les ganamos a sus héroes'", evoca Bambi Flores, que hoy tiene 72 años y por entonces era uno de los más bisoños de equipo mayoritariamente joven.

De los titulares, Poletti tenía 22 años, Hugo Medina 23; 24, el capitán Oscar Malbernat, Alberto Ramón Aguirre Suárez, Carlos Pachamé y Juan Ramón Verón: 25 Marcos Conigliaro y Néstor Togneri; Felipe Ribaudo 28, Raúl Madero 29, Carlos Bilardo 30 y Juan Miguel Echecopar, que entró en el segundo tiempo, cumplió 22 precisamente el día de la gesta.

A decir del "Bambi" en consonancia con observaciones que en su momento hicieron Verón y Malbernat, "no teníamos mucha conciencia de lo que había hecho, tampoco más tarde en el hotel, donde el festejo fue sobrio. Tuvieron que pasar los años para caer en la cuenta de que habíamos hecho algo grande, pero muy grande, de la importancia de esa Copa Intercontinental y de la dimensión del rival".

Hace cosa de un lustro, el Gran Capitán, Cacho Malbernat, que partió al infinito cósmico el 9 de agosto de 2019, retratar la mezcla de naturalidad y candidez con la que los flamantes campeones del mundo vivieron los minutos posteriores al partido que terminó 1-1 y que gracias al 1-0 que el 25 de septiembre habían conseguido en la Bombonera, equivalía a la Copa Europea-Sudamericana en las vitrinas de la sede de la calle 53: "Hubo algunos gritos, algunos abrazos y fuimos a ducharnos como si hubiéramos ganado un partido más. De pronto, uno de nosotros miró a través de un ventiluz que daba a un salón donde los jugadores del Manchester compartían un lunch con sus esposas. ‘¡Mirá, mirá, están comiendo masas finas!', exclamó uno de nosotros. Y nos reímos, habíamos dado la vuelta olímpica en Old Trafford y reaccionábamos como pibes ante la comida que disfrutaban los tipos a los que habíamos derrotado".

Zubeldía, el "Zorro" juninense, "Huevo" o simplemente Osvaldo para sus jugadores, hincha de River en su adolescencia y al poco tiempo mediocampista de Vélez y de Boca, también era un entrenador de relativa juventud al que, de hecho, un célebre presidente de Atlanta, León Kolbowski, había estimulado a dirigir el primer equipo aun cuando todavía corría tras la pelota con la camiseta de Banfield.

Durante un tiempo Zubeldía jugó los sábados para Banfield en la B y dirigió a Atlanta los domingos en la A, hasta que en 1965, a los 37 años, llegó a Estudiantes para gestar el equipo llamado a hacer trizas la hegemonía de los grandes tradicionales con un innovador cóctel de pizarrón, excelencia en la preparación física, disciplina, juramentación, carácter, picardía y necesarias dosis de inspiración.

Así recuerda hoy Marcos Conigliaro a Zubeldía: "Siempre veía más allá y convencía con palabras claras y calmas. Fue un adelantado poco reconocido. Le gustaba escuchar la opinión de sus jugadores, de todos, en especial la de los más experimentados, y si tenía que admitir un error lo hacía. La charla técnica previa al partido en Inglaterra fue corta y serena. Osvaldo tenía 100 x 100 claro cómo plantear el partido y nosotros habíamos trabajado ese planteo hasta el último entrenamiento. Ya en la cancha, hicimos lo que sabíamos: cada uno daba el máximo. Perdíamos todos o ganábamos todo. En la Bombonera hice el gol yo y en Old Trafford lo hizo Juan Verón. Los goles fueron de todos. De Estudiantes".

Fue el miércoles 16 de octubre de hace 52 años en el viejo estadio de madera del Gran Manchester, una noche que el Bambi Flores recuerda como "brumosa, con zonas del campo ensombrecidas, la iluminación de la época no era buena ni en Inglaterra" y de clima hostil en las tribunas: "en el reconocimiento de la cancha les sacábamos fotos y más se enardecían, y más gritaban ¡animals, animals', pero esos hinchas no tenían ni idea de que los gritos no nos achicaban, los gritos nos agrandaban".

Verón abrió la cuenta a los 7 minutos con un cabezazo que honró el zurdazo de laboratorio ejecutado por Madero; en el segundo tiempo fueron expulsado Best y Medina, a los 44 empató Willie Morgan en posición adelantada no sancionada y en tiempo de descuento volvió a convertir Manchester en una confusa jugada en la que mientras la pelota iba hacia su red Poletti salió disparado a buscar con quién compartir la buena nueva: el Flaco arquero de las largas patillas había sido el primero en escuchar el silbato del árbitro yugoslavo Konstantin Zecevic que silenció a 75 mil ingleses y llamó a la fiesta en La Plata.

(TÉLAM/DIB)

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